Roto,
tan sólo abrazado por las mangas de tus suéteres,
inertes, verdes manzana,
vacíos de todo,
del llanto que aspiraban,
del cuerpo que albergaban.
Me acogen cautivo
y gimen sus nudos
que enredan los cabellos
que dejaste,
que, conquistados por los roleos,
vuelan hasta el alféizar de mis mejillas
e inundan con su aroma castillos ingleses,
quemados por el aullido en La
de laúdes tañidos
con las manos de aquel Ángel Caído.
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